Tomar el metro puede ser una de las actividades más rutinarias, a menos que alguna escena rompa la alienación natural del viaje en transporte público. Algo así sucedió para un puñado de viajeros que el 8 de abril esperaban un vagón hacia el sur de la capital desde la estación Alonso Martínez.
En la primera silla, la más cercana a las escaleras que conectan con el andén, un par de adolescentes se besaban. La peculiariedad radicaba en que no lo hacían con la prudencia natural de un acto íntimo llevado a la esfera pública. Se besaban compulsivamente, frotándose las manos en la espalda, enmarañados, descontrolados. Un subidón hormonal en la línea 10 del Metro de Madrid. Fue a las 20.30, cuando hay mucha gente en la calle todavía... y en el metro. El andén se empezó a llenar de viajeros. La única silla que nadie se atrevía a compartir era la de los enamorados. Yo me senté.
Ella tenía el pelo negro y rizado hasta los hombros al estilo de Mafalda y una camisa escocesa de fondo rojo con líneas negras. No debía de tener más de 20 años, a juzgar por el acné juvenil que se apreciaba en su rostro. Vestía Converse rojos, de suela ancha (y blanca, por supuesto) con un corazón enredado entre los cordones y otra veintena más tejidos en las medias.
Él tenía el pelo corto y lacio, una camiseta negra con el logo de la banda Motörhead descolorida por el uso, una sombrilla en el lateral de su maleta y una figurilla manga colgando de ella.
La experiencia duró lo que toma la lectura de esta newsletter. Los amantes, que al principio se besaban convulsos, lo que ya de por sí los convertía en el centro de atención, ahora empezaban a perder el sentido de la intimidad. Ajenos a todos y con los ojos cerrados, se ahogaban, jadeaban, salivaban, mientras los viajeros rodeaban la banca con cierto pudor, como queriendo guardar distancia en un lugar que iba llenando su aforo. Todo se podía seguir solo con el sentido de la escucha, los fluidos viajaban de una quijada a la otra.
Yo miraba por el rabillo del ojo, algo incómodo, pero atento para hacer posibles estas líneas. Las manos del joven, que en principio acariciaban la base de la columna de su compañera, comenzaron a subir, temblando de ternura hasta la parte trasera de la cabeza de ella y luego hacia sus cachetes. Casi daba la impresión de que la fuera a ahorcar, pero era evidente que el tipo solo estaba para cursilerías. Entonces, la llegada del metro rompió el silencio del túnel, amenazando con cortar el rollo de los amorosos.
Cuando se abrió el tren, se encaminaron hacia la puerta. Ella puso sus pies en el vagón y gano unos centímetros de estatura, respecto a él, que se quedó por afuera. La altura quedó perfectamente equilibrada. Entonces, la escena se prolongó con la misma solemnidad. Con los ojos siempre cerrados, reanudaron el beso sonoro, imprudente y sincero, a ojos de todos que esperábamos que la escena no terminara con uno de los dos decapitados ante el inminente cierre de las puertas.
Sonó el pitido del metro y la puerta de vidrio se cerró, cortándoles la mirada a escasos centímetros de distancia, pero incluso, tras los cristales tintados del vagón, siguieron lanzándose besos y dedicándose corazones que formaban al juntar las manos.
La chica se quedó adentro. Sonreía tímidamente, como un último eco de la lujuria reciente. Compartí el metro con ella, al menos unas siete estaciones. Al final, parecía una mortal más, usuaria del metro, se arrancó un par de espinillas en el trayecto mientras alternaba su mirada entre la pantalla del móvil y un horizonte lejano. Al parecer, ella se recuperó del beso más pronto que yo, que no me podía sacar de la cabeza tal grado de apasionamiento en un lugar público, creo que estaba algo mareado por todo tan edulcorado. |