Esta es la newsletter de Madrid. La escribimos un grupo de redactores de EL PAÍS que cada día ponemos a prueba por la vía empírica la máxima De Madrid al Cielo. La enviamos de lunes a jueves a las seis de la tarde, y los viernes, dedicada a propuestas de cultura para el finde, a mediodía. Si no estás suscrito y te ha llegado por otro lado, puedes apuntarte aquí.
—Buenas tardes, ¿tiene cerveza roja?—, fue lo único que atiné a preguntar al entrar a la Taberna Garibaldi, recién abierta en Lavapiés por el exlíder de Podemos, Pablo Iglesias.
—No tenemos—, me contestó la señorita al otro lado de la barra.
Pues mal empezamos, pensé. Entre las opciones que me quedaban, la rubia y la negra, pedí la segunda porque me pareció lo más correcto.
— Tres euritos por favor—, me afanó la barman, con pocas ganas de charlar y más de atender la nutrida fila de comensales que, a las 19.03, ya se alargaba hasta afuera del local.
¿Qué esto no era para el proletario?, pensé antes de pasar la tarjeta por el datáfono. Como buen asalariado, me dirigí al bar una vez terminada la jornada de trabajo, a las 18.00, cuando el metro circula abarrotado de rostros machacados por la opresión capitalista. Minutos antes de las siete, ya estaba en el número 8 de la calle del Ave María. Vaya paradoja montar una taberna roja en una calle con ese nombre, que no implica tanto una herejía para la Iglesia Católica como para los postulados de Marx, abuelo del socialismo que pregonaba que “la religión es el opio del pueblo”. Con la intención de sumarme algunos pecados, crucé la persiana de la Garibaldi, parnaso de los obreros, como sintiéndome en casa.
Creerán que fui por morbo, pero no. Fui por conciencia de clase. Además, cumplo todos los requisitos: devengo el salario mínimo, gasto más del 30% en el alquiler, llevo la comida en táper al trabajo y no desaprovecho ni un solo Día del Espectador.
Tenía las expectativas altas, debo confesarlo. Entré en modo periodista: con los ojos bien abiertos, respirando por la nariz y con el oído puesto en las conversaciones ajenas. Muy pronto me di cuenta de que la Garibaldi, de momento, poco se diferencia de una taberna común de barrio, al menos en apariencia. No sé si de eso se trata. Las paredes blancas, impolutas, no proyectan ninguna afronta contra el poder. Por forzarlo un poco, diría que lo delata una bandera de Palestina sobre la barra, un gorro con parches de la Unión Soviética frente a las infladas copas del Gin Tonic y dos carteles pequeños con alusiones al comunismo en el fondo del local. En este punto ya me olía a chollo. ¿Dónde estaba el rostro del Che o el retrato de Marx con la mano dentro del saco?
La esencia del lugar queda de manifiesto al leer la carta, como en los bares de franquicia del centro, tan amantes de “vender una experiencia”. De bebidas: Fidel Mojito, Mandela Zulu o Evita Martini. Para comer: enchiladas Zapata, salmorejo Partisiano o el apartado vegano, No me llame ternera.
—¿Qué es lo más rojo que tiene esta taberna?—, volví a acudir a la señorita de la barra.
—Yo— respondió, mientras se apuntaba el pecho y reía con picardía.
En eso se acerca una mujer con ganas de picoteo.
—Dame unos panchos. —¿Unos panchitos para ti?—, quiere confirmar la barman. —Panchos o panchitos, a mí me da lo mismo. En este lugar no somos racistas.
Ese es el tipo de frases que justificaban mi presencia en esa barra. A lo mejor, el alma de esta local no está tanto en su decoración como en la cabeza de sus clientes. Supongo que, cuando el olor a pintura fresca haya pasado y la cebada mezclada con sudor honesto impregnen las paredes, el bar empezará a cobrar espíritu.
Y así, ente una cerveza y otra, algunos pensamientos subversivos empezaron a expropiar mi juicio. ¿En qué tabernas se reunirá la burguesía? ¿De qué temas hablarán? Vino a mi mente el trauma más reciente: la foto de Isabel Díaz Ayuso con Álvaro Uribe Vélez, expresidente de Colombia, señalado como precursor del fenómeno paramilitar que provocó más de 21.000 muertos, según el Centro Nacional de Memoria Histórica. Por cierto, un expresidente que desvalijó el último órgano independiente de inteligencia que tuvo Colombia, el DAS, al ponerlo a su servicio para espiar a magistrados, opositores y periodistas. Sí, periodistas. Y se reunió con Ayuso el mismo día en que su gabinete lanzó el bulo contra los reporteros de EL PAÍS. Espero que se tratara de una extraña coincidencia y no de una sesión exprés de asesoría política. Me voy, que me está haciendo daño la cerveza. Menos mal no había roja. |