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Quizá no se han enterado aún de que el Ayuntamiento de Madrid va a renovar el asfalto de un total de 323 calles de los 21 distritos de la ciudad (una superficie de 930.000 metros cuadrados) con un chapapote que olerá a mango.
El aroma frutal no supondrá un gasto adicional para el Consistorio: es un regalo que le hace a la ciudad la empresa que ha inventado la brea fragante, una compañía española llamada Padecasa con sede en Las Rozas que lleva desde 1984 tendiendo carreteras por España y que sabe muy bien lo repugnante que puede resultar en verano el olor del alquitrán, que se cuela hasta en el cielo del paladar.
Madrid será el primer lugar donde prueben esta innovación, de manera que no está muy claro cuál es el regalo: si el invento de Padecasa a los madrileños o las narices de los madrileños a Padecasa.
Si esta es la primera noticia que tiene sobre el asunto, me encantaría saber cuál es la sensación inicial que le ha invadido: se trata de una información altamente sensorial que ataca directamente al estómago porque el mango no deja de ser un alimento. En concreto, una fruta que hasta hace nada solo estaba disponible en los supermercados más selectos o en el rincón gourmet de El Corte Inglés (y que en la actualidad se puede encontrar en cualquier colmado de barrio a tres euros el kilo) pero que, aun así, sigue situada en el espectro semántico de lo exótico y caribeño.
El porqué del asfalto con olor a mango es para mí un misterio tan insondable como la invención de las patatas yorqueso. O mejor aún, una cochinada tan retorcida como aquel chiste de un hombre que, para ocultar su terrible halitosis, cada vez que tenía una cita se bebía una botella de ambientador con olor a pino. Las mujeres a las que intentaba besar se iban espantadas siempre, argumentando que aquel hombre olía como un hombre haciendo necesidades mayores en un pinar.
No sé usted, pero yo, si echo mano de mi memoria olfativa, aquí, sentada en una silla de oficina en el primer piso de Miguel Yuste, soy incapaz de imaginar cómo es el aroma en cuestión: mi paladar de niña ochentera (y ya saben que el paladar es la antesala de la nariz) recuerda el sabor de los yogures de plátano, de los chicles de fresa, de los caramelos de naranja y limón o de los Sugus de piña.
El cerebro busca mango y devuelve una memoria lejana de un sorbete comido con parsimonia el año pasado en la legendaria heladería Los Alpes, cuando la temperatura a la sombra en la ciudad era de 55 grados y el asfalto se derretía bajo el sol sin necesidad de obras. La idea del alquitrán caliente mezclado con fruta dulzona en los fogones del fuego valirio agostí capitalino me parece, de entrada, nauseabunda. No hay duda de que a este alcalde le gusta la fruta. |