Esta es la newsletter de Madrid. La escribimos un grupo de redactores de EL PAÍS que cada día ponemos a prueba por la vía empírica la máxima De Madrid al Cielo. La enviamos de lunes a jueves a las seis de la tarde, y los viernes, dedicada a propuestas de cultura para el finde, a mediodía. Si no estás suscrito y te ha llegado por otro lado, puedes apuntarte aquí.
Desde que M tiene coche casi nunca vuelve de Galicia a Madrid en avión o en tren, y mucho menos en autobús, que es un castigo divino de unas ocho horas que no desea ni para su hermano, con el que no se habla desde hace 10 años. A lo del coche le ha cogido el gusto. Pone un blablacar de Vigo a Madrid, a unos 25 euros, y el viaje le sale tirado, aunque luego se pase mes sí y mes también en el taller, que lo de meterle esas palizas de 600 kilómetros al coche nunca le sale gratis.
A lo de los blablas también le ha encontrado la gracia. Ha tenido un par de malas experiencias, normalmente jovenzuelos que se meten en el asiento de atrás con los cascos puestos y un gruñido como saludo y única conversación en cinco horas y media de viaje, pero en general está encantada. M lo ha dejado con su novio, está un poco de bajón, y los comentarios que le dejan en blablacar se han convertido en una suerte de dopamina.
El otro día, mientras tomábamos unas cañas en un bar del barrio de Ibiza (en el PerretxiCo de calle Nárvaez), me contó que a veces los lee tumbada en la cama antes de dormir, que le dan un subidón cuando está triste y que le resultan más baratos que ir al psicólogo. Un tal Marcos le comentó: “Fue un gustazo viajar con M. Un viaje de cinco horas que pareció de tres. Excelente conversadora y he de decir que también persona. Espero volver a coincidir con ella. Es encantadora, la recomiendo muchísimo”. Este otro es de un chico que se llama Manuel: “El viaje perfecto. Superbuena conversación, simpatiquísima, supermaja, dispuesta y buena conductora. Recomendable 100%. Gracias, M. Hasta pronto, espero”.
No pude aguantar la risa. Le pregunté si Blablacar es el nuevo Tinder y si había quedado con alguna de las personas con las que había viajado, pero me contestó que no, que ellos le habían escrito varios whatsapps y que ella había declinado las invitaciones con excusas, sin saber muy bien si por miedo a empañar esa primera impresión que había causado y que desató una ristra de los más halagadores elogios o si aún no se ve con ganas de tener una cita.
M insiste en que ha hecho bien en no quedar. Cinco horas y media de viaje a Madrid dan para mucho, para que te escriban, por ejemplo, que eres una excelente persona y una conversadora brillante, y que te digan que te recomendarían muchísimo, pero M defiende que desde esa cima la relación ya solo puede empeorar, que para ella es mejor quedarse con el buen sabor de boca y fantasear con lo que pudo ser y no fue. Es una forma de ver la vida y de vivir de puntillas, pero M también sabe que es estúpido y conservador, que la vida no solo es felicidad, que a veces duele y quema, pero que no se hizo para aburrirse en ella, sino para disfrutar y joderse juntos en una ciudad como Madrid. |