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Basta con el sonido de las llaves o el del zíper de la chaqueta para que mi perra Ramona (Colombia, 6 años) cambie de estado de ánimo instantáneamente. Por más dormida o entretenida que esté, salta en mi búsqueda como si de ello dependiera su vida. Sabe que es hora del paseo. Han pasado casi dos años desde que la adopté, pero no deja de impresionarme la rapidez con la que pasa del letargo absoluto —en ocasiones manifestado en sonoros ronquidos— a la euforia descontrolada.
Estira sus patas traseras, luego las delanteras, en una especie de saludo al sol (que en el argot del yogui se llama la postura del perro). Comienza a mover la cola como un péndulo a punto de explotar y me da un par de lengüetazos en el pantalón o en la mano, como queriéndome advertir de que no me olvide de ella. Pero la clave está en la sacudida, ese movimiento tosco con el que parece arreglarlo todo, desde los regaños por merodear en la basura, hasta los desencuentros con otros perros en el parque. Luego de tal meneo de carnes, Ramona queda reiniciada, lista para lo que sea. ¡Ya quisiera yo zarandearme la pereza con tal facilidad!
En algunas ocasiones, y solo por diversión, simulo que me voy sin ella. Incluso cierro la puerta y espero unos segundos, antes de volver abrirla. Entonces me mira por encima del sofá con cara de expectación. Silbo y de nuevo la euforia. Tras un derrape en el suelo por la vehemencia del esprint, vuelve a saltar de emoción, ahora al otro lado de la puerta, con la cola siempre bamboleante.
Aunque narrado con épica, esta escena no es más que una realidad cotidiana, bueno, cada vez menos cotidiana desde que entró en vigor la nueva ley de bienestar animal. La normativa contempla multas de entre 500 y 10.000 euros por dejar un perro atado afuera de un comercio “sin supervisión presencial del responsable”. Esto ha reducido los paseos de Ramona. Y no solo las caminatas a la tienda de alimentación, que ya no al súper, sino aquellas que contemplan una compra fugaz, tras una caminata por la Casa de Campo, por ejemplo. La norma no cayó muy bien entre algunos propietarios de perros, que la consideran excesiva.
Fuentes de la Policía Municipal me han explicado que la clave está en el contacto visual: “Lo que no se puede hacer es entrar a un establecimiento de grandes proporciones y dejar el animal fuera de su control”, es decir, que si alguien ingresa en una farmacia u otro establecimiento en el que no pierda de vista al perro, puede atarlo en el exterior sin riesgo a ser multado.
No obstante, todo lo aquí consignado está a merced de la interpretación de la ley que haga cada agente, esto en un mundo donde el sentido común es el menos común de los sentidos. En lo personal, no me atrevo a dejar a mi perra atada afuera, no me vaya a caer una multa con la que podría hacer la compra de todo el año. Tampoco volví a hacer la broma de la puerta, desde que con mayor frecuencia no vuelve a abrirse para ella. Debería ser una broma, pero es la nueva realidad. ¿Bienestar de qué? Parece decirme la cara de pocos amigos con que me despide Ramona cada vez que me marcho sin ella. |