La tensión entre autoafirmación y disolución del yo configura uno de los ejes más fecundos para pensar el potencial transformador del arte. En un tiempo en que el arte corre el riesgo de fijarse a sí mismo en la imagen sólida de su autora, en la certeza del statement y en la rigidez del concepto, esta reflexión propone un desplazamiento: pensar cuerpo-voz como un medio por el que algo pasa, no como un monumento que se levanta. No se trata de instituir un método cerrado, ni de convertir la experiencia en una doctrina inamovible, sino de permanecer en la porosidad, en la apertura, en un estado de escucha radical.
1.
En un mundo obsesionado con el archivo, la clasificación y la permanencia, proponer que una práctica se mantenga en flujo puede parecer improductivo. Sin embargo, es precisamente en ese no fijarse donde radica su potencia transformadora. Aunque sí puede dialogar con otras formas de documentación menores o afectivas. Una performance que no se cristaliza en un método cerrado, que no se normaliza como "estilo" o "firma", preserva la capacidad de responder a lo imprevisible y busca volverse cada vez menos reconocible. Siguiendo a Paulina Varas (2015), la performance puede entenderse como un archivo en movimiento, no como una acumulación de pruebas muertas, sino como un proceso crítico que activa memorias, afectos y resonancias en el presente. Documentar o registrar, en este sentido, no equivale a fijar, sino a mantener abierta la circulación de lo vivo.
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