Benjamín Netanyahu nunca ha sido un líder especialmente querido en la comunidad internacional. Merece la pena recordar el glorioso episodio de hot mic en noviembre de 2011 entre Barack Obama y Nicolás Sarkozy, presidentes de Estados Unidos y Francia entonces, que en una cumbre del G-20 dijeron lo que pensaban del primer ministro israelí sin darse cuenta de que había un micrófono abierto por el que podía oírles la prensa. El diálogo no está grabado, pero la agencia Reuters lo confirmó con quienes lo oyeron y lo publicó así:
Sarkozy: “No soporto a Netanyahu. Es un mentiroso”.
Obama: “Tú estás harto de él, pero yo tengo que tratar con él mucho más a menudo”.
La versión que publicó CNN era más salada. Según la cadena, la respuesta de Obama fue: “Tú estás harto. ¿Y yo qué? Tengo que tratar con él todos los días”. La verdad, uno se imagina teniendo que hablar todos los días con Netanyahu y no puede más que solidarizarse con Obama, e incluso con su sucesor, Donald Trump, que tampoco lo soporta y lo ha criticado abiertamente.
El actual presidente, Joe Biden, era el vicepresidente de Obama entonces y uno de sus papeles en la Casa Blanca era dar el perfil internacional sénior que le faltaba al joven senador que nunca había salido de Chicago. Biden, además, representa un Partido Demócrata clásico para el que el apoyo incondicional a cualquier cosa que haga Israel es un pilar indiscutible de la política exterior.
Más de una década después, Netanyahu está forzando también los límites de la paciencia de Biden, un hombre que lleva 50 años en política y se supone que ha visto de todo. Las declaraciones de advertencia de la Casa Blanca y del Departamento de Estado sobre Netanyahu y su Gobierno no llegan ni de lejos al nivel de indignación de las sociedades occidentales con la masacre que Israel está perpetrando en Gaza, pero, en sus parámetros diplomáticos, son inauditas.
La ofensiva israelí contra Hamás (seis meses de asedio medieval y más de 33.000 muertos) ha causado un impacto tan fuerte que ha movido el eje de rotación de la diplomacia sobre Oriente Medio. Mientras, aliados occidentales de Israel, como España, aceleran sus declaraciones en favor de un Estado palestino. El Consejo de Seguridad de la ONU pide un alto el fuego con la abstención de EE UU, que había vetado todas las resoluciones anteriores. El progresivo aislamiento internacional de Israel y la creciente animadversión hacia el país es una realidad. Estamos en terreno desconocido. Los parámetros diplomáticos de hace solo un año no valen.
La incomodidad con Israel ha ocupado varios de nuestros textos en los últimos días, así como la atroz situación sobre el terreno en la Franja. Cada día que pasa da la impresión de que no se puede tolerar más horror. Y entonces, pasa un día más.
Lluís Bassets escribe hoy Las escaleras del infierno, sobre la muerte en Gaza de siete cooperantes de la ONG estadounidense World Central Kitchen, del chef José Andrés, mientras repartían comida: “Mantener viva la guerra, dentro o fuera, es capital para la supervivencia de Netanyahu. Nada ni nadie puede pararle. Ni las resoluciones de Naciones Unidas, ni las reiteradas conminaciones de la Corte Internacional de Justicia. Si la Casa Blanca refrena en una escalera, Netanyahu aprieta en la otra, decidido y apresurado en su descenso a los infiernos”.
José María Ridao analiza la huida hacia adelante de Netanyahu en Israel y las guerras sin fin: “Netanyahu y sus aliados se resisten a declarar ninguna tregua, ya sea la que le reclama el Consejo de Seguridad o la que le exigen los familiares de los rehenes para negociar su liberación. Las treguas, para Netanyahu y sus aliados, son victorias parciales de Hamás, puesto que obligan a reconocer, fortaleciéndolo en el plano político, a un enemigo que, sin embargo, buscan aniquilar en el militar”.
Najat El Hachmi escribe El fin del Holocausto: “No es odio afirmar que las actuaciones de Netanyahu son criminales entre otras cosas porque ni él ni su Gobierno son los únicos judíos de este mundo”.
EL PAÍS ha publicado 28 editoriales sobre la ofensiva en Gaza en este tiempo. Sobre la cuestión diplomática, el último fue Presión insuficiente sobre Netanyahu: “La gravedad de la situación en Gaza exige mayor eficacia en los esfuerzos de la comunidad internacional para parar la guerra”.
Aparte, cuando haya terminado de borrar sus tuits sobre Mònica Oltra, quizá tenga tiempo para estas lecturas destacadas de Opinión de la última semana. |
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