Esta es la newsletter de Madrid. La escribimos un grupo de redactores de EL PAÍS que cada día ponemos a prueba por la vía empírica la máxima De Madrid al Cielo. La enviamos de lunes a jueves a las seis de la tarde, y los viernes, dedicada a propuestas de cultura para el finde, a mediodía. Si no estás suscrito y te ha llegado por otro lado, puedes apuntarte aquí.
El viernes pasado, el día antes de venir a visitarme a Madrid, mi madre, que está de baja desde hace unos meses por un desprendimiento de retina, se repartió el día entero entre la cocina y el supermercado. Al día siguiente, mi padre condujo los 600 kilómetros que hay desde mi pueblo hasta esta ciudad, aparcó el coche en zona azul, cargó junto a mi madre las bolsas con el ejército de táperes que ella había preparado y llamaron al timbre. Nada más abrir la puerta para saludarlos e invitarlos a entrar, mi madre levantó la mano derecha con el dedo índice estirado y ya me dio un aviso, por si acaso yo, que vivo aquí desde hace más de 10 años, no me había enterado de la rasca que a veces sufrimos en invierno: “Abrígate bien cuando salgamos que fuera hace frío”. Solo después me dio dos besos.
No hay nada ni nadie que pare a las madres, especialmente a las madres gallegas, especialmente a mi madre. Tampoco hay loas suficientes para esas bolsas con comida y táperes que traemos a la ciudad desde nuestras casas quienes somos madrileños de adopción. Incluso con 33 años, incluso con la mezcla de bochorno y felicidad que me genera que a esta edad mi madre, que es un poco exagerada para todo, me siga metiendo en los paquetes que me envía cartones de leche, botellas de aceite, plátanos o velas de chorizo, como si en Madrid no hubiera fruterías, supermercados ni charcuterías.
Mi amigo Manuel siempre bromea con que su golpe maestro es irse de vacaciones a su casa, que para él aún es la de sus padres. Él también vive en Madrid y, cuando regresa al pueblo, hace el mismo chiste si alguien le pregunta qué tal está: “De maravilla, con pensión completa: comida, cama, techo, ducha, tuppers para la vuelta y sin gastar, ¿cómo voy a tener queja?”.
Los táperes de las madres —la mayoría de veces todavía los hacen ellas— son una cosa extraordinaria, un gesto de amor infinito, como si vivir para sus hijos fuera casi una forma de vivir para ellas mismas (era Marcos Ana quien decía que vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo).
En mi familia, mis tíos me vacilan con la obsesión que tiene mi madre con enviarme comida y táperes. Yo ya vine al mundo dando guerra: pesé casi cinco kilos al nacer y me pasé los primeros años de vida llorando a grito pelado en la casita que mi familia tiene en el centro del pueblo. Es una vivienda muy antigua con las ventanas de madera, está justo al lado de la iglesia, en la rúa Real, por donde pasan a diario la mayoría de los vecinos, y me escuchaba todo el mundo.
Como en Galicia nos gusta solucionar los problemas con comida, una vecina con fama de rebelde tenía la manía de gritar: “¡Dádelle xa de comer a ese neno!” ("dadle ya de comer a ese niño", en castellano). A mi madre, que es un poco exagerada para todo, le sentaba fatal pero, 33 años después, ahí sigue, cebándome como si aún fuera un niño que crece. |
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