Arthur Rimbaud escribió Un corazón bajo la sotana como una irreverencia juvenil, una provocación dirigida contra una institución que reclamaba para sí la custodia de las almas mientras ocultaba, bajo la tela negra de la autoridad, las mismas pasiones, contradicciones y miserias que decía combatir. Más de siglo y medio después, el título parece haber adquirido un significado trágicamente distinto. Ya no habla solo de la hipocresía del clero, sino del corazón roto de miles de víctimas cuya infancia quedó sepultada bajo el peso de una institución que, durante décadas, prefirió proteger su prestigio antes que a los niños.
Bajo la sotana no solo había un corazón. También hubo silencio.
Los escándalos de abusos sexuales en la Iglesia católica no constituyen una suma de casos aislados. Las investigaciones judiciales, las comisiones independientes y las propias confesiones institucionales han mostrado un patrón repetido en numerosos países: agresores trasladados de parroquia en parroquia, denuncias ignoradas, expedientes ocultos y una cultura de obediencia que convirtió la autoridad religiosa en un escudo para los depredadores. El pecado dejó de ser el abuso para convertirse, en demasiadas ocasiones, en el escándalo público que podía derivarse de reconocerlo.
Las víctimas aprendieron pronto que enfrentarse a una institución milenaria era poco menos que imposible. No luchaban únicamente contra un sacerdote. Luchaban contra obispos, abogados, prestigio social y una teología de la obediencia que durante demasiado tiempo confundió la fe con el silencio.
Pero la historia contemporánea ofrece otro escenario donde el mecanismo fue inquietantemente parecido, aunque el altar fuese sustituido por el lujo y la influencia.
Jeffrey Epstein no vestía sotana. Vestía trajes hechos a medida, frecuentaba mansiones, universidades, despachos financieros y reuniones con algunas de las personas más influyentes del planeta. Su poder no provenía de una autoridad espiritual, sino del dinero, de las relaciones sociales y de la capacidad para construir una red de protección alrededor de sí mismo.
En torno a Epstein se levantó otra liturgia: la de la impunidad del poderoso.
Las investigaciones judiciales demostraron una red sistemática de explotación sexual de menores. Lo verdaderamente perturbador no fue solo la existencia de esa red, sino la facilidad con la que sobrevivió durante años entre advertencias ignoradas, acuerdos judiciales extraordinariamente favorables y un entorno social donde demasiadas personas parecían mirar hacia otro lado.
Y aquí aparece la imagen que quizá Rimbaud nunca escribió pero que nuestra época exige imaginar.
Si bajo la sotana había un corazón, bajo la piedra hay otro.
La piedra no pertenece a un hábito religioso. Es la piedra del poder. La piedra de las fortunas inmensas. La piedra de las instituciones que prefieren proteger su reputación. La piedra del miedo. La piedra del descrédito al denunciante. La piedra que cae sobre quien decide hablar.
Porque las víctimas de Epstein —como tantas víctimas de otros hombres poderosos— no solo tuvieron que sobrevivir a los abusos. También tuvieron que cargar con el peso de un sistema dispuesto a cuestionar su palabra mientras reverenciaba el prestigio de quienes aparecían fotografiados en los círculos del privilegio.
Una sotana puede ocultar un agresor.
También puede hacerlo un consejo de administración, un despacho ministerial, un plató de televisión, una fundación filantrópica o una lista de invitados a una isla privada.
La diferencia es estética.
El mecanismo suele ser idéntico.
La autoridad produce obediencia.
La obediencia produce silencio.
Y el silencio produce víctimas invisibles.
Existe una tentación recurrente en las sociedades modernas: creer que el problema pertenece a una institución concreta. Que el abuso es un defecto de la Iglesia, o de Hollywood, o de la política, o de las grandes fortunas. Sin embargo, la experiencia demuestra otra cosa. El abuso prospera allí donde el poder deja de ser controlado y donde el prestigio se convierte en una forma de inmunidad.
Las sotanas cambian.
Las piedras permanecen.
Por eso resulta peligroso reducir estas historias a una sucesión de nombres propios. Los nombres importan. La justicia exige identificarlos. Pero el verdadero problema es la arquitectura que permitió que actuaran durante años.
Una arquitectura hecha de admiración ciega, miedo, jerarquía, dinero y complicidad.
Rimbaud desnudó con ironía el corazón escondido bajo la sotana. Nuestro tiempo debería atreverse a levantar también las piedras bajo las que siguen respirando demasiados secretos.
Porque debajo de cada institución que calló había un niño al que nadie escuchó.
Debajo de cada archivo cerrado había una vida interrumpida.
Debajo de cada acuerdo de confidencialidad había una verdad esperando décadas para salir a la luz.
Y debajo de cada piedra que el poder coloca sobre sus propios escándalos continúa latiendo el mismo corazón.
No el del agresor.
El de quien sobrevivió para contarlo.




No hay comentarios:
Publicar un comentario