Cuando el fuego deja de sorprendernos, el verdadero peligro ya no son solo las llamas
Cada verano contemplamos las mismas imágenes: montañas envueltas en fuego, columnas de humo visibles a decenas de kilómetros, carreteras cortadas, vecinos desalojados y equipos de extinción luchando contra incendios que parecen imposibles de controlar. Durante unos días ocupan portadas, abren los informativos y conmueven a la opinión pública. Después llegan las primeras lluvias, el otoño borra las cicatrices más visibles y el país pasa página.
Hasta el siguiente verano.
Quizá ese sea nuestro mayor fracaso como sociedad.
Hemos terminado por aceptar los grandes incendios forestales como si fueran un elemento más del verano, tan inevitable como las altas temperaturas. Nos indignamos durante unos días, lamentamos las pérdidas y esperamos que las llamas no lleguen hasta nuestra puerta. La resignación se ha convertido en la respuesta más habitual frente a un problema que, lejos de ser inevitable, exige prevención, planificación y una gestión constante del territorio.
La tragedia vivida en Los Gallardos (Almería), el incendio más mortífero registrado en Andalucía, no es únicamente una noticia dramática. Es una advertencia. Nos recuerda que un incendio forestal puede dejar de ser un simple fuego para convertirse en un fenómeno de enorme violencia, capaz de propagarse con rapidez, cambiar de dirección en pocos minutos y poner en jaque incluso a los mejores dispositivos de emergencia.
En un territorio donde confluyen masas forestales, matorral, viviendas dispersas, caminos estrechos y una orografía compleja, el fuego encuentra un escenario especialmente favorable para avanzar. Cuando coinciden altas temperaturas, viento y abundante combustible vegetal acumulado durante años, cualquier incendio puede transformarse en una emergencia de enorme magnitud.
La pregunta que deberíamos hacernos no es únicamente quién provocó la primera chispa. Esa investigación corresponde a los especialistas y, en su caso, a los tribunales.
La verdadera pregunta es otra.
¿Por qué nuestros montes siguen acumulando tanto combustible vegetal? ¿Se está gestionando adecuadamente el territorio? ¿Son suficientes los planes de prevención? ¿Existen infraestructuras de protección adaptadas a las zonas donde conviven viviendas y espacios forestales? ¿Estamos invirtiendo lo suficiente durante el invierno y la primavera, o solo reaccionamos cuando el humo ya domina el horizonte?
Cada incendio tiene un origen distinto. Algunos responden a negligencias. Otros son intencionados. También existen casos vinculados a intereses económicos, conflictos personales, vandalismo o actividades ilícitas. Generalizar cualquiera de esas causas sería irresponsable. Lo importante es comprender que, sea cual sea la chispa inicial, un gran incendio solo alcanza dimensiones catastróficas cuando encuentra un territorio especialmente vulnerable.
Por eso la prevención no puede limitarse al verano.
Gestionar el monte, mantener cortafuegos, limpiar la vegetación acumulada, mejorar los accesos para los servicios de emergencia, revisar la planificación urbanística y educar a la población son medidas mucho menos visibles que un hidroavión descargando agua sobre las llamas, pero infinitamente más eficaces para evitar que una emergencia termine convirtiéndose en una tragedia.
Y en medio de todo ello están las víctimas.
Las personas que perdieron la vida en Los Gallardos no son responsables de lo sucedido. Son víctimas de un incendio de comportamiento extremo que las sorprendió en una situación límite. Analizar desde la tranquilidad de un despacho las decisiones que pudieron tomar en cuestión de segundos sería profundamente injusto. Cuando el fuego avanza con una velocidad imprevisible, nadie dispone del tiempo ni de la información perfecta para decidir. En esos momentos solo existe una prioridad: sobrevivir. Por eso el debate nunca debería dirigirse hacia quienes sufrieron la tragedia, sino hacia todo aquello que podemos hacer para impedir que vuelva a repetirse.
Cada verano repetimos el mismo ritual: el fuego arrasa montes, amenaza pueblos, destruye hogares y, demasiado a menudo, se cobra vidas humanas. Nos conmocionamos durante unos días, buscamos explicaciones inmediatas y, cuando las llamas se extinguen, el debate también se apaga.
Hasta el siguiente verano.
Porque el mayor peligro no es solo el fuego.
Es acostumbrarnos a él.




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