La cultura atraviesa hoy una paradoja. Por un lado, se acelera el desmantelamiento de políticas culturales mediante recortes de fondos públicos; por otro, se convierte en un campo de batalla entre una izquierda progresista —que en su extremo deriva en un wokismo represivo— y una derecha conservadora —que en su extremo adopta un alt-right tecnológico—. Ambos polos buscan utilizar la cultura para afianzar sus ideologías, pero los recortes provienen indistintamente de gobiernos de uno y otro signo.
¿Cómo explicar esta situación paradójica sin tener que recurrir a las teorías de austeridad gubernamental? O ¿cómo ir más allá de la crítica a la espectacularización de las artes que determina que el futuro económico de las instituciones culturales sea aquel el de convertirse en parte de la industria privada del entretenimiento?
Si bien la crítica formulada por Debord (y desarrollada por historiadoras de arte, tales como Stallabras, Kleine-Benne, Bishop, Bourriand etc) es útil para entender porque exhibiciones son concebidas como "experiencias" para el consumo cultural y porque el mercado de arte está cada vez más lleno de actores ingenuos y especuladores; la crítica debordsiana no da cuenta de algo más profundo: la pérdida de la cultura en el núcleo de la significación política.
[Imagen destacada: La sesión inaugural (y notablemente bien financiado por la CIA) delCongress for Cultural Freedom en Berlín, 1950. Fuente: Original conservado en el Special Collections Research Center, Biblioteca de la Universidad de Chicago, serie V, caja 1, carpeta 1.].
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